Irene A.
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Fuimos a cenar y salimos encantados. Pedimos las patatas del abuelo, que llevan una salsa especial brutal. El San Jacobo gigante y súper rico, bien crujiente por fuera y jugoso por dentro. Los calamares, tiernísimos y muy blanquitos, se notaba que eran buenos. Y obviamente cayeron los pinchitos, que ya sabía que eran famosos y con razón: súper sabrosos y con ese puntito especiado que engancha.
Las cervezas, fresquitas fresquitas como tiene que ser 🍻, entraban solas.
Buen ambiente, personal majo y la comida de 10. Sitio al que sí o sí hay que volver.