antonio G.
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Una cena técnicamente de muy alto nivel pero que me deja el corazón no lleno de las emociones que uno debería sentir cuando paga, sólo por la comida, 135€. La selección de vinos, de una variedad y generosidad envidiable, corrió por parte de la vecina vinoteca ABD Vinos, 50€.
Varias preguntas me recorren durante las horas que dura la cena y día posteriores hasta que escribo estas líneas.
¿Es de recibo que una pulcra técnica culinaria sustituya la verdad del producto de gran nivel? ¿No tiene cabida el gran producto en una colección de propuestas que, basadas mayoritariamente en el mundo de la verdura, dejan al cliente con la sensación de que han sido pocos los pases servidos para el resultado final? ¿Cuando queremos reflejar el estilo “estrella Michelin” es incompatible que el sabor no quede peligrosamente minimizado?
Dos platos de los nueve servidos me gustan mucho: una versión de la clásica ensalada murciana, y otra versión del zarangollo. Ahí sí tiene razón Marco Antonio Iniesta para hacer vibrar la verdura y darle una vuelta, elegante y concreta, a la tradición. El resto me hace dudar. Alguno carece de la frescura que le exigiríamos a una vieira, o una concentración muy salada en una reducción de gamba.
Servicio modélico. Atento, fresco, respetuoso, dispuesto. Servicio para nada empalagoso pero que refleja lo que puede, y debe ser, un gran servicio, dirigido de manera soberbia y sencilla por María Egea.
Delicioso el pan probado, y rico los tres primeros aperitivos de presentación, sobre todo la liviana morcilla y el panipuri de tocino.