Luis V.
Google
Pocas veces salgo de un restaurante con tantas ganas de escribir una reseña, pero El Petirojo lo merece sin discusión. Desde que entras, el lugar te envuelve: ese equilibrio perfecto entre lo rural y lo elegante, con una decoración preciosa llena de petirrojos y otras aves en acuarela que crean un ambiente cálido y auténtico. Un “rural chic” que aquí no se fuerza, simplemente fluye.
La atención es impecable. No hay nada más personal que esto. Cris e Iñaqui, los dueños, son el alma del sitio. Iñaqui, desde la cocina, demuestra por qué tienen estrellas Michelin: técnica, sabor, creatividad… todo está ahí. Y Cris, con su simpatía y profesionalismo, hace que cada mesa se sienta atendida de manera única.
¿La comida? A otro nivel. Desde el entrante hasta los principales, cada plato es una explosión de sabores que te sorprende en el mejor sentido. El postre “sorpresa” no lo revelo —cada quien merece descubrirlo por su cuenta— pero cierro diciendo que es espectacular. Aquí se entiende por qué han sido reconocidos por Michelin: la calidad y el talento están presentes en cada detalle.
Me encanta encontrar lugares así: aparentemente remotos, pero capaces de ofrecer una experiencia culinaria redonda, donde ambiente, cocina y servicio se unen para crear algo inolvidable. De esos sitios donde simplemente no te quieres ir.
Gracias, Cris, por convertir una tarde cualquiera en una de las mejores experiencias gastronómicas que he tenido en mucho tiempo. Volveremos, sin duda!