José Manuel M.
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Bien, un local tradicional en cuanto al enfoque de las elaboraciones, con raciones bien ajustadas en cuanto a la cantidad, y buena materia prima, pero que me dejó un interrogante en cuanto a su cocinado y, en concreto, la sensación gustativa del plato de carne pedido, pues el leitmotiv de visita no estaba disponible, pues, según me explicaron, solo lo ofrecen dentro de un menú específico y en fechas determinadas,lo que no dejó de sorprenderme, pues la paletilla de cordero lechal es ofrecida actualmente en otros establecimientos, aunque no influyó en mi valoración, pues había donde escoger.
El local está agradablemente decorado, con profusión de vitrinas-estanterías y una suerte de stores en ciertos rincones que permiten privatizar el área, permitiéndole a un grupo gozar de intimidad estando insertos en un comedor abierto para el resto de comensales ; también, a la entrada, disponen de otro totalmente privado, este únicamente accesible a través de una única puerta.
Como no había cava por copas opté por un habitual vermouth Yzaguirre rojo Reserva, que nunca defrauda.
De entrada tomé unos pimientos rellenos de centollo en salsa de mariscos. Bien de sabor, salsa ligera, elaboración bien llevada a cabo, pero falta de alma, que si bien hizo fácil el bocado no te deja un regusto en boca en el que poder solazarte.
Cómo principal tomé un solomillo de cerdo ibérico, troceado y al punto, un poco menos jugoso de lo que parecía, pero no desdeñable, acompañado de una rica pera caramelizada, unas moras y un puré de patata nada conseguido, del que probé un par de pequeños bocados y dejé, pues era, francamente, una masa carente de gracia alguna.
Los frutos que acompañaban al solomillo, junto a la salsa reducida, hicieron que el plato fuese abordado con facilidad, pero, una vez más, sentí una suerte de cercanía a la meta que no logré alcanzar.
De postre un escueto espresso que tomé con agrado.