Miguel Camacho
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Hoy mi esposa y yo decidimos celebrar San Valentín almorzando en Ochando, así que condujimos 30km para poder hacerlo.
La comida es absolutamente extraordinaria, es muy sabrosa, abundante y muy bien presentada. El servicio es super amable, atento y no atosiga.
Lo que apuntaba a ser una gran celebración se torció durante nuestro segundo plato, lamentablemente.
En este restaurante hay 6 mesas en un pequeño salón, y 5 de ellas las ocupábamos parejas que disfrutábamos nuestros respectivos almuerzos. La sexta mesa fue ocupada por 5 señores que parecían venir a la barra de una caseta de feria. Sus voces, risas y arrogancia inundaban el salón molestando a todos lo que allí estábamos.
Es imposible disfrutar de una comida tan sublime en ese ambiente de tasca.
Y lo peor es que el propio cocinero no lo percibe así, pues no hizo nada para impedirlo.
Una pena, la verdad, que una gran experiencia gastronómica se malogre por falta de personalidad al controlar estos aspectos. Me encantaría volver, pero tantos kilómetros para no saber si me van a volver a tocar los hooligans, es una decisión demasiado arriesgada.